Son la 1:38 de la mañana. El sueño ya ha hecho estragos en mi estado de ánimo y he decidido acostarme en menos de diez minutos, pero antes debo cumplir con mi última obligación diaria: Bajar al perro y sacar la basura.
Para dar un paseo con el perro me llevo cualquier tipo de bebida que encuentre en el frigorífico, tales como un Actimel o un Biofrutas (perdón, Pascual Funciona). Se me hace más llevadero el dar una vuelta absurda por el parque si estoy bebiendo algo.
Al salir del portal y dar mi primer paso en la calle un ruido molesto, muy fuerte, casi ensordecedor, hace que me sobresalte y paralice al instante mientras me obliga a gesticular una mueca de dolor y desagrado. Durante los primeros dos segundos desconocía la procedencia de tales decibelios. Al tercero la fuente pasó ante mí. Era un coche-discoteca con luces por todas partes, con 5 ocupantes gritando en su interior y con una canción de los Black Eyed Peas sonando en un equipo equiparable al del cine con los bajos situados a su máxima potencia. Tomaron la curva a toda velocidad mientras un grito de satisfacción de los ocupantes se alzaban por encima de la música estridente. Me quedé helado.
Saliendo poco a poco del susto que me había llevado, comiendo a realizar mi ronda rutinaria con mi perro. Al llegar a los contenedores de basura algo me llama la atención. La carretera y la acera estaban llenas de cristales rotos. Descubrí que las piezas provenían de la puerta de una lavadora que alguien había deshechado ese mismo día y la había dejado junto al bidón para que el camión lo recogiese. Aunque parezca raro, el camión de la basura pasa por mi calle sobre las 11 de la mañana. El caso esque alguna persona con inquietudes destructivas no pudo soportar la visión de un cristal sin dueño y entero, tomando la magnífica decisión de asestarle un golpe mortífero que acabaría con la estructura original del cristal para siempre, dejándolo esparcido por todas partes. Alguna persona se había sentido realizada ese día.
Esquivando cristales y obligando a mi perro a desviarnos un poco del camino para que él no se cortase, entramos por fin al parque que está frente a mi casa. El parque consta de dos plazas chiquititas separadas entre ellas por unas escaleras que conducen a unos pisos. En la plazoleta de la izquierda siempre había habido en su centro un bloque de cemento con un pequeño jardín en su parte superior. Observo cómo han quitado el jardin para terminar de rellenarlo con cemento para dejar una plazoletita con un bloque cuadrado de cemento. También observo en esa misma plaza que hay una moto aparcada con unos cuantos chavales hablando, bebiendo y armando ruido mientras se dicen soeces entre ellos. Decidí apartar la vista.
Al mirar a la plazoleta de la derecha ví cómo una jungla sustituía el parque que había antes. Sólo cabía un tobogán y unos aros para escalar, pero hace años que los quitaron porque estaban rotos. Ahora sólo crece la hierba, y observo que ésta es más alta que yo. Una verdadera jungla. No me extrañase que entre tanta hierba y suciedad existiera unas pocas de familias de piojos o garrapatas esperando a sus víctimas. Aparto a mi perro y me lo llevo.
Justo al lado del parque había cuatro cuadraditos de jardín reinados por un eucalipto seguramente centenario. Recuerdo que el eucalipto se dividía en su misma base en dos enormes troncos potentes. Recuerdo que de pequeño solía jugar a meterme en el hueco que dejaban los dos poderosos troncos. Al observarlo veo la mutilación tan atroz que le han cometido despojándole de uno de sus troncos para poder hacer pisos a su lado. Qué calamidad. Ahora el árbol, que siempre me ha parecido el rey de mi calle, fuerte, soberbio y poderoso, se me antoja un árbol viejo, flaqueado y débil, cuya única venganza es arrojar sus hojas a los coches que aparcan junto a su base. Un escalofrío me recorre todo el cuerpo y decido que ya va siendo hora de subir a casa.
Mientras hago todo el camino de vuelta voy recordando cómo era mi calle en mi niñez. El eucalipto era fuerte y me recibía para jugar entre él. No existía el bloque de pisos que ha provocado su mutilación. En el parque chico, solía tirarme por el tobogán, escalar los aros y llevar a mi hámster al jardincito del bloque de cemento para que comiese hierba y cazase algún que otro escarabajo. Antes de meterme de nuevo en el portal, escucho 'fiesta'. En el bar flamenco que han abierto recientemente a escasos metros de mi calle se congrega por la noche una cantidad de gente en su exterior que se hace imposible el no escuchar el escándalo que forman tocando las palmas y gritándose entre ellos.
Entro en el ascensor para descubrir que alguien ha dejado un pequeño regalito a todos los vecinos (20 puertas en total) y a la limpiadora de por la mañana. En todo el cristal y escurriéndose lentamente hay un gargajo, lapo o pollo realmente desagradable. El estómago se me revuelve y decido subir por escaleras. Al entrar en mi casa vuelvo a respirar tranquilo. En ella parece que nada ha cambiado. Menos mal.