Todos conocemos en mayor o menor medida a Álvaro Ojeda, ese gritón y maltratador profesional de mesas. Es odiado y amado, pero nunca ignorado. ¿Por qué?
Antes de responder voy a hacer un pequeño ejercicio de subjetivisimo y voy a decir que la derecha es mala. Pero no mala en sus ideales (que también) sino en sus formas. La chulería y prepotencia de Rafael Hernando, María Dolores de Cospedal, Rita Barberá, Esperanza Aguirre, Carlos Fabra, Albiol, Aznar, Fraga y un sinfín de maleducados casposos, sus recortes (siempre sociales), su corrupción, su desprecio a los muertos (Ley de Memoria Histórica y Yak-42) y a los vivos (Ley de la Dependencia), apoyo a la iglesia, desamparo a las minorías, control de los medios de comunicación y un larguísimo etcétera hace de la derecha un movimiento despreciable.
Y ahora entra Álvaro Ojeda.
Un ser con esos ideales ya es bastante difícil de respetar, pero si además te los escupe a la cara a base de gritos y de porrazos en la mesa... es cuando todo se vuelve intolerable. Porque si los ideales fuesen otros nos haría gracia e incluso le apoyaríamos. ¿Imagináis a Álvaro Ojeda diciendo "Señor Rajoy, que no, que ya no se puede aguantar más vuestra puta corrupción, que quites a Barberá del Senado y que la juzguen como a una más y a Soria te lo metas por el culo"? Sería gracioso, ¿verdad? Maleducado, pero gracioso. ¿Por qué? Porque atacaría a los malos.
Sin embargo Álvaro Ojeda es uno de los malos, y además, maleducado, por lo que la gracia se vuelve en su contra convirtiéndose en su desgracia. Porque nos insulta. Porque nos humilla. Porque nos ofende.
Pero eso a él le da igual porque, como miembro de la buena derecha, no tiene moral ni remordimientos. Dame pan y dime tonto.

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